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Aquello que me interpela

20 de marzo de 2025 5 min read

Se cumplen 10 años de la muerte de mi abuelo, y quiero compartir con ustedes una autoreflexión que surge de ese recuerdo.

En enero de 2015 emprendí mi primer viaje a Europa. Fui solo, con 17 años y más sueños que certezas. Ese viaje, que desde el inicio representaba una de las experiencias más transformadoras de mi vida, traía consigo un cúmulo de emociones muy intensas. Al llegar a mi destino final, Bélgica, lo primero que hice fue revisar mi teléfono. Ahí encontré un mensaje de mi padre que decía: "Hijo, tu abuelo Rosendo ya está en el cielo".

Entre los 5 y los 8 años prácticamente viví en casa de mi abuelo. Recuerdo muchas cosas de esos días, pero nunca me había detenido a analizarlas de cerca. Ahora, mirando hacia atrás, me doy cuenta de cuánto influyó en la persona que soy hoy.

La partida de Ajedrez

Un día, cuando tenía 6 años, mi abuelo me enseñó a jugar ajedrez. Fue uno de los juegos más fascinantes que había conocido. Con el tiempo comencé a mejorar, e incluso a ganar algunas partidas. No fue sino hasta ahora que entendí las repercusiones positivas que tuvo en mí, tanto a nivel cognitivo como académico y socioemocional. Los estudios son claros, pero en mi caso, la evidencia estaba en mi vida.

¿Por qué fue tan importante para mí? Porque el ajedrez fue la primera vez que sentí, genuinamente, que era bueno en algo. Fue el primer capítulo de mi historia personal donde yo podía ser excepcional. El ajedrez me enseñaria a manejar mis frustraciones, a ser perseverante, me guió mucho más de lo que se puedan imaginar.

La Música

Para todos lo que no sabían, mi abuelo era músico, el tocaba su guitarra y cantaba, también el Arpa, Acordeón y Armonica.

Por lo tanto a corta edad la música fue algo que estaba muy arraigado a mi, entonces me enseñó a tocar Guitarra y Arpa, a tomar horas y horas tratando de que me salga bien una canción. Fue entonces que vi que la repetición se volvería mi gran maestro, que poner horas de esfuerzo en algo me hacian mucho mejor y como niño, esos resultados tangibles fueron esenciales para entender el valor del trabajo constante. La música se convirtió en mi gran aliada durante años; probablemente hubiera sido mi camino profesional si no me hubiera dedicado a lo que hago hoy.

Un paseo por el parque

Uno de los recuerdos más antiguos que tengo de mi abuelo es de un día en el parque Arenal, en Santa Cruz. Nos llevó a mi hermano y a mí, y fuimos a pasear en esos botes de pedales. Después nos subimos a unos autos de juguete que había cerca. Yo no entendía entonces por qué me quería tanto, por qué siempre buscaba cumplir mis caprichos.

Había una canción que él me cantaba, aunque nunca supe de dónde la sacó:

“Negrito, negrito mío, pedazo de cielo que Dios me dio…”

Todavía intento recordar cómo seguía.

Ese cariño incondicional me marcó profundamente. Me ayudó a entender qué son las relaciones reales, las amistades genuinas, las personas que te valoran por quien eres.

Rosendo Parada, mi abuelo, me interpela porque, aunque no lo sabía, él tiene mucho que ver con la persona que soy hoy. Al fin entendí que muchas de las “partidas” ganadas en mi vida no las habría podido lograr sin él.

Ver original en Medium.